Vivos de “milagro”: el Covid los puso al borde de la muerte y ahora cuentan su historia

Vivos de “milagro”: el Covid los puso al borde de la muerte y ahora cuentan su historia

Cuatro pacientes, entre ellos el legislador "Palo" Oliver, hablan de lo que pasaron en terapia intensiva y también de un presente difícil por las secuelas de la enfermedad. Un médico explica qué es este complicadísimo tránsito por las unidades de cuidados críticos

Un legislador radical, una ama de casa, una estudiante de enfermería y un vendedor de cercos tienen hoy mucho en común. Son todos santafesinos; jóvenes, ninguno llega a los 50 años; el virus que dio vida a esta pandemia infame en el mundo se metió en sus pulmones y los recluyó por semanas en terapias intensivas (UTI) Covid.

Estuvieron muy graves: todos intubados, a dos de ellos los despidieron sus familiares junto a la cama por sugerencia del cuerpo médico que los dio por perdidos, a los dos varones les practicaron traqueotomías.

Tuvieron delirios y sueños vívidos, místicos. Todos perdieron masa muscular por kilos y autonomía: debieron reaprender a caminar, ir solos al baño y bañarse. Aún se agitan, tiene voces apenas audibles, lagunas en su memoria y miedo.

“Son seres frágiles”, dice desde su casa, asintomático pero con Covid, el médico intensivista del Hospital Provincial Rafael Martínez Oveid, de 33 años, quien explicó qué es estar en estas terapias y salir vivo.

Estos pacientes dicen sentirse “sobrevivientes”, todos creen que sobre ellos obró un “milagro”. Son solo algunos de los que contactó La Capital, los que siguen respirando y cuentan la historia tras pasar por la UTI.

Como salido de un campo de concentración

Desde el Centro Integral de Reahabilitación Aprepa de San Jerónimo Sud, donde seguirá internado varios días más, el ex intendente de Santo Tomé y actual diputado provincial por el radicalismo Fabián “Palo” Oliver dialoga por Whatsapp con este diario. Casi que susurra y tose cada tanto.

“Disculpame pero aún estoy débil y nos permiten pocos llamados a familiares”, explica el hombre de 51 años que estuvo 25 días en la UTI Covid, con asistencia respiratoria, traqueotomía y salió con 18 kilos menos y sin mover brazos ni piernas.

“La pasé muy mal, sin poder hablar ni moverme. Tras salir, los primeros días sentí mucha angustia porque parecía un sobreviviente de un campo de concentración nazi: era piel y huesos; los biceps parecía que me los habían cortado de los brazos con un cuchillo y tenía los gemelos y pantorrillas de un hombre de más de 80 años”, dice quien confiesa que se permitió putear y llorar tras estar “al borde de la muerte”.

Antes de contagiarse de Covid, el diputado Oliver trabajaba entre 12 y 14 horas por día, hoy no se imagina ese futuro si bien dice que no abandonará la militancia, una actividad que realiza desde los 14 años. Cree que se contagió en Reconquista, adonde fue como integrante de la comisión de Seguimiento del caso Vicentin.

“Es que me cuidé mucho todo el año y a los seis días de estar allí con mucha gente, y tal vez tras cometer un descuido, empezaron los primeros síntomas: estuve 36 horas con más de 39 de fiebre, me interné en el Hospital Cullen, cuando se constató la neumonía bilateral pasé por distintas máscaras hasta que me intubaron y allí ya no me acuerdo más”, comenta. “Pero cuando habían pasado 12 días con respirador y comprobaron que no toleraba que me lo sacaran le comunicaron a mi pareja que me harían una traqueotomía”, agrega.

Los primeros síntomas los tuvo el 9 de marzo, el 31 de ese mes le hicieron la incisión en el cuello que le sacaron recién al mes, el 6 de abril ingresó a Aprepa y estima salir el próximo 28. Tiene olvidos, pero a estas fechas casi se las grabó en la piel.

“A los 17 días de rehabilitación empecé a caminar. A este lugar vienen personas traumatizadas por accidentes de tránsito. Pero se readaptó al Covid y ahora el 35 por ciento de los 70 pacientesque hay somos posCovid, en su mayoría varones y menores de 60 años. Nos dicen que desde enero quienes llegan de las UTI tienen cuadros más severos, como el mío. Acá hay un equipo interdisciplinario de médicos, fonoaudiólogos, kinesiólogos, psicólogos, todos nos ayudan a aprender todo de nuevo”.

“¿Doctor, usted cree en Dios?”

Leila Jaime tiene 28 años, “dada pero no muy sociable”, se retrata, es muy lectora y últimamente escuchaba con pasión al cantante británico de pop Ed Sheeran. Cuidó a un enfermo postrado, limpió casas y ahora estudia enfermería en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). “Siempre”, dice, fue alérgica, hipertensa y llevaba en su cuerpo “varios kilos de más”. Desde que salió de la UTI del Provincial hace dos semanas se mueve lentamente con andador.

Es la segunda de cinco hermanos de una familia sin obra social que vive en el humilde barrio de Alto Verde, de Villa Gobernador Gálvez. Imposible hablar con ella sin hacerlo con su familia. Su padre, un remisero y mecánico de 53 años; su madre, una ama de casa de 54, y tres de sus hermanos de 11, 18 y 19 años tuvieron Covid antes que ella. Se levantaba uno y caía el otro. Pero nadie la pasó tan mal como Leila: 27 días internada, 5 en sala y 22 en la cama 5 de la UTI.

“Sobrevivió por milagro”, aseguran sus afectos sentados a su lado en la sala de la casa, con todas las ventanas abiertas.

Su familia no la deja ni a sol ni a sombra. Rezaron y oraron por igual por ella, y ahora la miman, la rodean, la abrigan, le prometen manjares. Hasta hablan por ella cuando no recuerda gran parte de lo que vivió.

“Una psicóloga y un doctor me aconsejaron que me despidiera de mi hija: no creían que pudiera pasar la noche. Tenía solo quince minutos para despedirla, la acaricié , le conté que su hermano estaba cocinando zapallitos con huevo, algo que a ella le gusta. Le dije que no quería que se fuera. Y al salir le pregunté casi a los gritos al pobre médico de nombre Gonzalo: «¿Usted cree en Dios?, yo sí». Creo que me escucharon: ella y Dios”, afirma Miriam Musumeci, la mamá de Leila, la que escuchó cada parte telefónico diario de su hija, la que aprendió cuando “saturaba mucho o poco” oxígeno en su sangre, la que cumplió la promesa de cortarse el pelo que siempre había lucido hasta la cintura y ahora lleva a los hombros. La misma mujer que cuidó a su prole antes que llegaran los contagios a su hogar y llegó a colgar un cartel en su casa para que los amigos de su hijo no se animaran a acercarse e invitarlo a salir.

“No se permiten las visitas”, se leía en el frente de la vivienda. Así, derecho viejo. Pero no pudo. El virus se ensañó con su familia, eso sí, a su hija no se la llevó y la mujer siente que le ganó la pulseada al maldito Covid.

Desde la punta de la mesa, detrás del barbijo y a buena distancia, cuesta oír a Leila. Pero ella se empeña en contar que “todo empezó con fiebre y mucho dolor de espalda que ni el paracetamol pudo calmar”. Que su derrotero, con distintas experiencias, comenzó en el Hospital Gamen villagalvense, siguió por el Roque Sáenz Peña de Rosario, el Carrasco y finalizó en el Provincial.

Vivió momentos entre místicos y delirantes. “Hasta el día de hoy tengo imágenes frescas de alguien que puso caramelos en mi cuello, tal vez haya sido el catéter que tuvieron que colocarme en la yugular; también vi a dos nenitos en un fondo todo dorado y luego, vi a un ángel”. Pero aclara que eso no tuvo nada de ilusión.

“Fue Nilda, una mucama de la UTI, a quien conozco. Vino varias veces a saludarme y me dio la mano”, se conmueve antes de agregar que escuchaba ruidos constantes de los aparatos a los que estaba conectada, tanto ella como el resto de los pacientes.

“Y lo peor es que cuando estaba consciente no me quería dormir, por miedo a no despertar, a morirme ahogada”, un malestar que sigue teniendo cada noche. Aunque su madre, su padre, sus hermanos y su prima Cintia, no dejan que se entristezca demasiado. Dicen que están ahorrando para celebrar todos juntos su regreso y hacerle el asado y el chajá que le prometieron. Y Leila sonríe.

Un futuro de río y Cataratas

“Antes no viajaba porque no podía dejar el negocio, había dejado de ir en lancha a pescar, fijate ahí la tengo tapada con nylon en el patio: ahora, apenas pase todo esto, volveré al río y llevaré a mi familia a las Cataratas”. Este es el proyecto de vida de Héctor Fabián González, un hombre de 49 años, loco por los autos, “con nafta en las venas”, dice, vendedor de cercos y sin obra social, quien pide que lo llamen por el apodo de su segundo nombre: “Fabi”. Y así será en los próximos renglones.

Padre de Valeria y de Máximo; delgado, con casi 20 kilos menos que cuando lo internaron, lento, con la cicatriz que le dejó la traqueotomía entre los primeros botones de la camisa. Alguien a quien le dieron horas de vida, pero a quien su mujer, Mónica, zamarreó y le ordenó que no la dejara sola. Él le hizo caso.

Primero Fabi habla de “la humanidad” que vio y sintió en la UTI por parte de todos los profesionales y después sigue con todo lo demás.

“Pasé un mes de mierda, vi cómo se llevaban a una muchacha joven que murió. Extrañaba a mi familia, al punto que me llegué a poner de pie y una enfermera me retó mucho. Eso es lo poco que me acuerdo”, dice el hombre, que se reconoce criado como un “machista” y tuvo y tiene que depender de su mujer.

“Lo comprobé en la UTI y lo veo con mi esposa y con su amiga Alejandra, quien bancó a mi familia mientras yo estaba internado y la que me hizo el primer pollo al salir: las mujeres son lo más, las vi agotadas y aún así una médica me trajo de regalo una revista para que me entretuviera porque sabía que era fierrero; otra me dio el té con las vainillas en la boca cuando yo temblaba y encima me decía «vamos, coma mi amor»”, dice Fabi conmovido, desde el living de su casa a pocas cuadras de la Siberia universitaria.

Pero cuenta que el sostén no solo vino de esas mujeres del hospital y de su hogar. Llegó también por parte de vecinos y vecinas y de gente que ni conoce a través de cadenas de oración.

“Tuve un sueño sepia, un vecino evangelista, Hugo, aparecía y me rozaba con una pluma y todo el sueño cobraba color. Dios existe, ¡olvidate!”, sentencia el hombre que dice que aún no puede ver “muertes por televisión”, que no quiere quedarse solo y reconoce que le hace mal escuchar los pedidos y actitudes “irresponsables” de gran parte de la sociedad. “No saben qué terrible es esto y lo que significa volver a empezar”.

“No soy la misma”

Ya no corre de acá para allá por toda la familia, ya no tiene fuerzas en las manos, su voz no es la que era y le duelen la espalda y el pecho: rastros del respirador. Y no sabe siquiera si volverá a ser la Andrea Pérez, de antes. Es una mujer de 39 años, esposa de Gastón, madre de Julián, Lautaro y Jazmín; la que internaron primero en el Carrasco y luego, cuando empezó a quedarse sin aire, en la UTI del Provincial. Le dieron el alta hace apenas 25 días y ya sentencia que su vida “cambió al cien por cien”.

Se habían contagiado sus hijos de 21 y 19 años, se angustió, los cuidó. Nunca pensó que ella, quien nunca fumó si quiera un cigarrillo en su vida y era una mujer sana “caería”. Pero sí, cayó y se las vio feas.

Fiebre, agitación, diarrea, dolores de cabeza y musculares, la falta de aire y despertarse cuando le sacaron un tubo desde adentro del cuerpo fue casi la postal del horror.

“Es un milagro que esté viva”, lloriquea la mujer que se acuerda de no haber cerrado los ojos por dos días aunque le pedían que descanse.

Su carácter omnipotente, “caprichosa”, remarca, la llevó a querer ir una vez sola al baño cuando ya la habían sacado de la UTI. Se cayó. Reafirmó allí que no era la misma.

Su hijo Julián la escucha en silencio cuando dialoga con La Capital y en un momento dice que él, quien trabaja en una heladería, “seguro” llevó el virus a su casa y siente culpa.

“Es que yo era parte de los pibes que no se toman esta pandemia en serio, que se ponía el barbijo de cualquier forma. Hoy me arrepiento, creo que quienes actúan así no vivieron lo peor como yo: pensé que mi mamá no salía viva”.

Pero Andrea salió y depende de él y del resto de la familia. Ahora acepta estas nuevas reglas del juego y sabe que todo lo que tiene por delante es cuidarse y controlarse con neumonólogos y cardiólogos.

“No está fácil conseguir turno para controles en el hospital, esto también tendría que tener en claro toda la gente que no se cuida, los profesionales no dan abasto”, advierte esta nueva mujer.

Una segunda oportunidad

“Sí puedo hablar. Lo malo es que me dio positivo de Covid hoy a mí, así que no puedo más que aceptar la nota en forma virtual”, dice el intensivista del Provincial Rafael Martínez Oveid, ya vacunado con las dos dosis de Sputnik, lo que lo hace suponer que por eso es asintomático y pasa el aislamiento sin mayores contratiempos.

También médico del Carrasco y de Pami, es inevitable pensar “en casa de herrero cuchillo de palo” al escuchar la situación de este poliempleado de la salud que llegó a trabajar durante la pandemia hasta 36 horas seguidas e intentará explicar, didáctico, por qué una terapia no es algo sencillo de transitar y menos una de Covid.

“Hemos visto pacientes moderados, graves y extremadamente graves y sencillamente salir del distrés respiratorio (cuando el oxígeno no llega a los órganos) es una segunda oportunidad a la vida, tras un virus que no discrimina, es capaz de matar a cualquiera, con o sin factores de riesgo y más en esta segunda ola”, señala.

El médico dice que el mayor problema, obviamente es la falta de oxígeno, que por debajo del 90 por ciento de saturación (oxígeno en sangre) ya indica riesgo y posiblemente la necesidad de ventilación mecánica o intubado, algo que depende de una valoración clínico radiológico y de laboratorio integral.

La pérdida de masa muscular, la complicación en riñones o hígado tienen relación con esta falta de oxígeno, y en casos donde fracasan los múltiples intentos de quitar el respirador o si su dependencia superó los 14 días promedio, se hace necesaria una traqueotomía.

Pero a eso hay que agregarle muchos días de cama, la aplicación de drogas para relajar al paciente y que solo esté oxigenado por el respirador, estrategias invasivas a costa de preservar la vida, que provocan sueños, pesadillas y delirios y, encima, no cuentan con la visita de sus afectos.

“Quienes resisten o niegan esta pandemia deberían saber que la terapia es siempre una experiencia traumática, despertarse tras varios días con un tubo en la boca no es fácil”. Y salir de la terapia de Covid, agrega, es volver a aprender cosas básicas como caminar, respirar, comer.

“Es ser absolutamente dependiente de los cuidados de otros: es no poder cocinarse, ni muchas veces bañarse o tener que usar pañales por un tiempo. Las personas quedan frágiles, muy metidos para adentro, sin ganas de hablar, con problemas de sueño y necesitan seguir cuidándose mucho porque quedan con pocas defensas y deben evitar contraer nuevas infecciones”, advirtió Martínez como resguardo a lo que titula “una segunda oportunidad”.

Fuente: La Capital

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