Las redes sociales, sin dudas, potenciaron su utilización en un contexto actual atravesado por la pandemia y en el cual los lazos personales se restringieron drásticamente. Con sus virtudes y falencias, las diferentes plataformas abrieron las puertas a la exposición en su máxima expresión. Pero como tales, ¿Pueden manipular nuestras emociones? ¿Somos realmente libres al navegar dentro de esa galaxia de internautas? ¿Por qué razón sus consumidores suelen hacer catarsis en la pantalla? . Para el psicólogo Juan Manuel Rondón existe cierta manipulación detrás de la forma de captación de usuarios de manera adictiva. “Yo no soy conspiranoico, pero las redes nos tienen dormidos. Les conviene que seamos medios zombis y estemos copiando y pegando discursos. Leo muy poco razonamiento propio y reflexivo”, asegura.
No se considera un demonizador, pero tampoco enaltece a las redes sociales. Más bien, Juan Manuel Rondón interpreta la conducta de los usuarios y hasta reconoce sus propios desatinos en los cuales supo caer alguna vez. En un 2020 totalmente atípico y de corte abrupto para las relaciones personales, el entramado exterior se vio quebrado repentinamente. Las plataformas digitales se convirtieron en el puente único e irremplazable para sentir los afectos, de alguna forma, más cerca. El mirarnos a los ojos pasó a un plano virtual, pantalla de por medio. “En ese sentido digo que vienen bien, se muestran como un atractivo para poder sobrepasar este paréntesis actual”, asegura el psicólogo.
¿Es fácil detectar el momento en el que debemos marcar un límite al uso de las redes sociales? La línea a cruzar puede ser demasiado fina…
No soy demonizador de la tecnología ni de las redes sociales. Tienen sus virtudes y falencias. Se nos terminó de un momento para el otro la relación personal, física. Y la era digital nos da la chance de contactarnos con cualquier persona del mundo en cuestión de segundos. Entonces en ese sentido digo que vienen bien, se muestran como un atractivo para poder sobrepasar este paréntesis actual. Yo estoy usando videollamadas como nunca. No creo que cuando pase la pandemia mantenga esta intensidad. Hoy es un recurso útil para paliar la cuarentena, esa es la parte linda de las redes. Pero como todo tiene su costado malo, que se da cuando hacemos del uso un abuso y la alienación, o sea el lavado de cabeza que nos puede provocar si no sabemos usarlas. Hay que comprender que existe una psicología detrás de cómo captar a usuarios de manera adictiva.
Con la gran oferta que nos entregan estas plataformas uno puede presuponer que tenemos todo tipo de libertades
La parte más peligrosa es que nosotros creemos que somos libres como usuarios, pero en realidad elegimos las opciones que las plataformas nos ponen sobre la mesa. Entonces perdemos la libertad sin darnos cuenta, y eso se vuelve peligroso. Hay un montón de algoritmos que trabajan y usan mecanismos tecnológicos para que tengamos el anzuelo en la boca la mayor cantidad de tiempo. Las tecnologías llegaron para quedarse y los más jóvenes son los que le van a sacar más el jugo. El tema es para qué las usamos y el propósito. Pueden crear adicciones, podemos perder capacidad de reflexión propia, y es increíble la cantidad de horas que pasamos en ellas. Lo más peligroso de todo es que no nos damos cuenta que vamos perdiendo autonomía, libertad y tiempo.
Hay usuarios que descargan emociones y luego de esa catarsis llega el aluvión de comentarios a los posteos. Y en esa maraña de idas y vueltas, se vuelcan todo tipo de cosas
El tema es complejo. Lo primero es que las redes vienen seteadas para que veamos en nuestros muros, por defecto, personas que piensan como nosotros. Eso es para que nos sintamos contenidos y pertenecientes. Pero está todo digitado por la plataforma. Entonces, los posteos de quienes piensen igual que yo me van a salir primero. Y después viene el para qué usamos las redes. Si las usamos como distracción no estaría mal. Pero muchas veces le damos la impronta como si la vida pasara por el mundo virtual.
Hay plataformas, que ya está estudiado, que tienen una descarga de catarsis como Twitter o Facebook. Tienen cometarios de vómito. Hay gente que descarga donde no es. Entonces yo cargo la ballesta con mi pareja o en el laburo, y en vez de cantarle las cuarenta por mi enojo donde corresponde, al final de la jornada esa ira la vuelvo en Facebook con la noticia del día y en donde para mí está la verdad absoluta, porque actualmente ni siquiera tengo que ir al diario para leer. Es el mecanismo perfecto. Me sirven la noticia que quiero, la comparto en mi muro, descargo el vómito en un comentario y ahí viene la catarata de comentarios, a favor o en contra. Entonces es ese el momento donde se produce este fenómeno en el cual usamos las redes como modo de catarsis y ya no importa si la noticia es verdadera o falsa.

De alguna forma están reemplazando lo natural de nuestras vidas, la cotidianeidad del ser humano…
Acá hay que preguntarse a que están reemplazando las redes sociales. Yo tengo una experiencia que resume todo esto. Le pregunté hace poco tiempo a una chica de 6 años que vive en una pequeña ciudad ubicada en medio de la zona agropecuaria, donde estaban las vacas. Y su respuesta fue en la tablet. Entonces con esto quiero decir que el punto es lo que estamos dejando de hacer para estar en redes sociales. Otro ejemplo, y esto me pasó a mí. Hace días fui padrino y compartí la noticia en redes porque me llenó el alma. Me estuve sirviendo de todos los comentarios lindos que me hicieron y a la noche me di cuenta que todavía no había ingerido el nacimiento de mi ahijado. De algún modo, sin darme cuenta, estaba con la tendencia de compartirlo en las plataformas y no lo estaba asimilando emocionalmente. No lo había compartido en carne y hueso con mi familia, con mi pareja. Entonces digo, la vida no pasa por la virtualidad y el riesgo es que a veces parece que sí.
Por ahí se nos desdibuja ese límite que hay que marcar entre lo privado y lo que hacemos público. Ahora, en pandemia nos traen ciertas ventajas para conectarnos y vernos con quienes nos dejamos de juntar
Fijate los símbolos. A mi Facebook me dice que tengo 2.800 amigos. Yo no sé si son amigos, pero de algún modo, cuando veo eso, mi cerebro siente cierta gratificación por creer que tengo 2.800 amigos. Lo mismo pasa cuando recibimos un me gusta en alguna publicación que hacemos. Pero no sé si les gusta realmente, es un simple clic. La simbología nos lleva a eso. Y es tedioso porque hay gente que depende de un determinado número de me gusta. Creo que pasa porque nos fuimos desprendiendo de lo cotidiano, que es irremplazable. El mirar a los ojos, el contacto físico, lo autentico. Es tan perfecto el sabotaje que nuestro cerebro no distingue lo real de lo virtual, no le importa si no te gusta a vos un posteo mío o una obra de teatro que hice. La información es la misma, y ahí vienen las depresiones. Ese es el momento exacto donde debemos saber separar. La virtualidad llegó para quedarse y está buenísimo porque nos da muchas ventajas, pero no nos olvidemos de lo real.
Entonces nos servimos de las redes, de alguna manera, para sentirnos gratificados al final del día…
Yo no soy conspiranoico, pero las redes nos tienen dormidos. Les conviene que seamos medios zombis y estemos copiando y pegando discursos. Leo muy poco discurso propio y reflexivo. Y perdemos riqueza. Pero fijate cómo funciona esto. Facebook me recomienda todo el tiempo temas de psicología, música que a mí me gusta, la ideología que manejo. Entonces en lugar de invitarme a escuchar algo diferente, refuerza todo el tiempo mi postura. Con lo cual yo solidifico más lo que pienso porque todo el tiempo consumo lo mismo. Y cuando llega algo diferente, me siento amenazado. El cerebro se siente gratificado cuando avala su postura y eso en las redes es muy tramposo.
También borraron las barreras de lo público y lo privado. Pero en definitiva nosotros somos quienes determinamos qué ofrecerle a los usuarios para que vean de nuestras vidas
Acá hay una tendencia. Observemos que el celular te pide permiso para usar el micrófono y la cámara en determinadas aplicaciones. En cierto modo no sabemos qué pasa atrás de eso. Le estamos diciendo a una plataforma que entre a nuestro hogar. Creo que estamos perdiendo la decisión voluntaria de contar las cosas y con quien compartirlas. Hoy se comparte todo, con todos y en las redes. Esto de que se comunique todo a mi me hace más desabrida la vida. Creo que está bueno que uno tenga que hacer un movimiento de ajedrez para que el otro pueda acceder a cierta intimidad. Al estar todo al alcance, hoy parece lo mismo mostrar el cuerpo íntimo que una gorra nueva. Y no es lo mismo, debería haber una diferencia de profundidades. En el fondo, me pregunto qué va a pasar con la creatividad porque todo está al alcance de la mano y muy servido.




