Pasión por los fierros: con 26 años unió Alaska y Argentina en moto

Pasión por los fierros: con 26 años unió Alaska y Argentina en moto

Un joven de la localidad de San Vicente recorrió 48.000 kilómetros a bordo de su Harley Davidson en seis meses. Viajó de norte a sur a lo largo de todo el continente americano en una aventura que le llevó tres años de programación. Ahora se ilusiona con dar la vuelta al mundo.

“Tengo el síndrome del viajero, imposible quedarme quieto”. Así de simple entiende su locura por las motos Nicolas Botta. Con sólo 26 años, el joven oriundo de la localidad de San Vicente recorrió 48.000 kilómetros para unir Alaska con Argentina en dos ruedas. Fueron seis meses de una aventura que incluyó experiencias inolvidables. Fue un viaje programado durante tres años. Lo dijo y lo hizo. Y cumplió, en cierto modo, el sueño de los moteros de la región. Ahora va por más y se ilusiona con dar la vuelta al mundo.

A los 26 años Nicolás Botta transitó 48.000 kilómetros con su moto Harley Davidson para unir Alaska con Argentina en seis meses. Se tomó un largo período para programar un viaje de norte a sur en todo el continente americano. Fueron dos años de organización junto a un amigo. Pero las cosas de la vida hicieron que su compañero de viaje se termine bajando de esa ilusión. El joven fue para adelante y no abandonó el objetivo. Durante un año más, sólo, siguió “maquinando” la forma y el cómo.

La respuesta llegó. El mapa de ruta tenía un punto de partida, pero el camino era indefinido. Botta se subió a un avión junto a una mochila con el sueño de muchos. Voló rumbo a Estados Unidos y aterrizó en Miami donde, ya en tierra firme, puso primera camino a un fantástico cruce. “Al bajar compré una Harley Davidson con la cual comencé a viajar”, recuerda recién llegado a su San Vicente natal.

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La estructura final del camino no estaba definida. Una moto, su mochila y algunos billetes para comenzar un “viaje gasolero” con destino al norte y luego con el retorno a tierras argentas. “Subí por la costa este de Miami hasta tocar Alaska. Bajé por el oeste de los Estados Unidos hasta Arizona. Me enteré que se estaba realizando el motoencuentro más grande de Norteamérica, que dura 10 días en la pequeña ciudad de Sturggie, al norte del país. Fue algo tremendo. Nunca en mi vida había visto tantas motos juntas”, relata con la misma emoción con la cual vivió esas horas a puro motor.

El joven aventurero advierte que nada fue fácil. Imprevistos, como en todo viaje, aparecieron en el camino. Antes de abandonar el norte continental, Botta debió poner un freno en el camino, tomarse una pausa en el recorrido y poner en práctica una metodología que le permita continuar con el itinerario original. “Mi viaje era de bajo presupuesto y me quedaban 100 dólares en el bolsillo, nada más. Todavía estaba en Estados Unidos. Hable con gente que había conocido en el viaje. Me dieron trabajo durante 6 semanas y luego, tras ahorrar unos pesos, pude seguir”, explicó.

Centroamérica violenta

Lo impactante del paisaje a lo largo del continente contrastó con la situación social, sobre todo en Centroamérica. La continuidad del trayecto le posibilitó a Botta pisar tierras aztecas, previo recorrido por el sur estadounidense. Pero al ingresar a México, el clima que se respiraba ya generaba temor y era, de algún modo, un anticipo de lo que esperaría durante largos kilómetros que vendrían por delante. “Ingresé por Reynosa – frontera noreste con Estados Unidos –, donde me encontré con una ciudad tomada por los carteles. Fue algo oscuro porque todo el tiempo circulaba gente con ametralladoras y encapuchada”, recuerda todavía algo sorprendido.

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Bordeando toda la costa este mexicana, Botta se distendió con las exóticas playas de Cancún. Pero, otra vez, una cruda y hostil realidad de inseguridad golpeó las puertas del viaje. “Todo fue complicado desde el momento en que el que quise entrar a Guatemala. Llegué un lunes a la Aduana y me encontré con que ese día no trabajan. Permanecí en la frontera porque un rayo había quemado el sistema y no podían hacerme los papeles para salir del país. Quedé sorprendido ya que los playeros de las estaciones de servicio cargaban combustible con una ametralladora colgada. Me contaron que sufren robos constantemente”, relató aún perturbado.

El asombro aún permanece cuando se viene a la mente el recuerdo de aquellos lugares que se tornaron “oscuros” y se transformaron en obstáculos a lo largo del viaje. Primero fue México y los carteles, después Guatemala y su inseguridad abrumadora. Pero a la aventura todavía le restaban historias para escribir en las páginas del libro. La ruta le puso en el camino a tres motoqueros yankees con quienes continuó camino rumbo a Panamá y Colombia. En tierras cafeteras, la calidez y amabilidad de la gente llevó “alivio” al joven sanvicentino. “Al llegar a Bogotá los norteamericanos siguieron hasta la Patagonia y yo me quede recorriendo Cartagena, Medellín, Cali”, repasa.

Pero, de nuevo, los obstáculos. “Me topé con cortes indígenas en rutas. Me recomendaron que no trate de pasarlos porque a veces se tornan violentos”, cuenta Botta que, al contar con un presupuesto acotado y ante la necesidad de acortarse el margen de tiempo, tomó la decisión contraria a lo advertido. “Fui hasta el lugar porque era el corredor por el que tenía que seguir. Hable con los manifestantes. No me dejaron pasar, pero me indicaron unos senderos para continuar que ellos hacen en caballo. Son 200 kilómetros por la montaña sobre un terreno de tierra”.

El abrazo final

Fueron 48.000 kilómetros, el 70 por ciento del viaje hecho de manera solitaria y una experiencia única. El trayecto fina incluyó Ecuador, Perú y Bolivia, donde viajó más de 200 kilómetros por un río seco ante la inexistencia de rutas. Luego, Argentina. La entrada por La Quiaca fue emotiva. Es que no sólo Botta había completado el sueño de unir Alaska con tierras argentas, sino que la bienvenida tenía un toque especial. “Me estaba esperando mi viejo. Junto a él hicimos una caravana hasta San Vicente. En Rafaela se sumaron muchas motos, era una tropa de dos kilómetros. Ni te cuento lo que fue la llegada a la ciudad”.

La vuelta al mundo

Con el éxtasis de haber pisado el país recientemente, el joven de santafesino no para de imaginar y va por un desafío aún mayor. La nueva meta, según cuenta, es dar la “vuelta al mundo” con un recorrido por todo tipo de tierra. “Tengo 26 años y el viaje lo hice en 6 meses. Ahora tengo que pensar bien y empezar a ahorrar. Me gustaría llegar a dar la vuelta al mundo, haciéndolo continente por continente”, confía.

Botta sostiene que viajar sin tiempos ni destinos no es nada fácil, aunque “limpia” la mente y ayuda desde lo físico y lo psicológico. “Me fui con una cabeza y volví con otra. Conocer mucha gente termina haciéndote ver las cosas de una manera diferente”.

Experiencia revitalizadora

El santafesino confiesa, también, que el medio año a bordo de su moto pasó más rápido de lo esperado. “Viajar libremente no tiene precio, es impagable”, reafirma una y otra vez a lo largo de su relato. Los más de 180 días que demandó la extensa aventura en dos ruedas todavía repercuten en el día a día del joven. “Me cambió la forma de pensar, la forma de ver la vida. Hay que saber que nada es imposible, todo se puede hacer. Me traigo muchos hermanos que hice en esta travesía. La gente hizo mi viaje. Volví con el alma limpia y el corazón lleno”.

Perdido en el norte

Fueron seis meses de un incansable recorrido que incluyó todo tipo de experiencias. Cada viaje deja su historia, su anécdota. Y este no fue la excepción. La inmensidad de Estados Unidos dejó una serie de anécdotas que para Botta dejan entrever la manera relajada con la cual encaró su aventura. Es que los diferentes husos horarios con los que cuenta el país norteamericano desvirtuaron la realidad del sanvicentino. “Para mí amanecía a las 3 de la mañana y oscurecía a las 5 de la tarde. Hasta que después me di cuenta que estaba errado”, recuerda.

Pero el cambio horario no fue el único “desorden” en tierras yankees. La geografía también le jugó en contra al mapa de ruta final. En busca de la “Curva de la Herradura” – meandro del Río Colorado situado cerca de la ciudad de Page (Arizona) – Botta quedó algo desorientado. “Llegue al Gran Cañón del Colorado buscando esa belleza que para los ojos no tiene precio. Uno de los mejores paisajes que vi en mi vida. Tenía en mi cabeza que estaba situado en ese lugar. Recorrí El Gran Cañón completo y nunca encontré La Herradura. Después me dijeron que estaba a 600 kilómetros, asique no lo dude y me fui hasta allí”.

A lo largo de los seis meses, el joven sacó una radiografía de la personalidad que distingue a los habitantes de cada país que visitó a la hora de salir a las rutas. Confía que los norteamericanos le sacan una luz de ventaja al resto del continente y en lo más bajo de pirámide se encuentran los ciudadanos de tierras aztecas. “En Estados Unidos la gente es súper respetuosa para viajar. En México son un desastre, nadie respeta absolutamente nada. Nosotros nos quejamos del estado de las carreteras argentinas, pero en Centroamérica y Colombia están muy deterioradas, más que las nacionales”.

El sueño de esa mítica Ruta 66

Mítica e histórica, la Ruta 66 con sus casi 4.000 kilómetros no deja de ser un atractivo a nivel mundial que cautiva a una gran cantidad de aventureros y turistas. “Si quiere hacer este recorrido con estilo, alquile un Corvette o una Harley Davidson y saboreará como nadie el sueño americano”, rezan algunas compañías que promocionan un viaje a lo largo de ella.

Amante de los fierros, con una Harley Davidson en mano, y nada menos que en tierras estadounidense, a la travesía de Botta no le podía faltar esa insignia. “La ruta 66, un corredor clásico, es un icono para todos. Sobre todo para los amantes de las motos. Es algo maravilloso. Recorrerla fue todo un hito. Hoy está armada como un paseo turístico, donde no le falta absolutamente nada. Cuando uno viaja es alucinante por todo lo que la rodea”.

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