El temporal le dio un duro cachetazo al campo. Pero las secuelas colaterales se sienten en los habitantes que no dependen del agro. Aprender a convivir con humedad en las viviendas, construcciones que se hunden y se quiebran, y hasta fosas mecánicas que funcionan con bombas extractoras es lo que se palpita diariamente.
De a poco, y a paso lento, el agua se va escurriendo de algunos campos. La inundación todavía se mantiene viva en productores que luchan para rescatar la cosecha que quedó en pie. Pero tierra abajo, las napas subterráneas siguen haciendo estragos. Hace casi veinte días que el temporal dio una tregua, pero en la localidad de Sastre – departamento San Martín – los habitantes siguen sintiendo el temblor. Es que los sótanos de las casas aún permanecen con agua – algunos con más de un metro –, las fosas de talleres mecánicos padecen la misma suerte y piletas sufrieron quebraduras por la diferencia de presiones. Hoy es lo que se percibe a simple vista. Y como le sucedió a la localidad cordobesa de Pozo del Molle, la iglesia también fue víctima de la inundación. Una de las torres – acoplada a la nave central – no resistió y se hundió levemente, provocando grietas en sus paredes que preocupan a los fieles.
Los registros marcan que en Sastre, en los primeros cuatro meses del año, llovieron 1026 milímetros, unos 28 menos que en todo el 2014. Y los meses de febrero y abril fueron los más llovedores de los últimos cuatro años – 595 y 263 milímetros respectivamente –.
Las napas, históricamente, se ubicaron a cuatros metros de la superficie. Sin embargo, la abundante caída de agua de los últimos meses hizo crecer esos niveles para llegar actualmente a un metro de profundidad aproximadamente. Con los suelos saturados y sin la posibilidad de absorber, la situación puso en alerta a los habitantes que comenzaron a vivir las consecuencias de las altas vertientes.
El temporal que azotó a la región del Litoral argentino parece haber dado un respiro. Pero las secuelas colaterales se perciben. A pesar que las aguas comenzaron a retirarse, diferentes estructuras no soportaron la diferencia de presiones y comenzaron a ceder. La invasión sin ningún tipo de tapujo de la humedad que fue floreciendo sobre viviendas y descascarando la pintura se transformó en una constante a lo largo y ancho de la población. Desde hace dos meses, propietarios conviven diariamente con la filtración de agua sobre paredes que dejan al descubierto una especie de “decorado” sobre los hogares.
Pero quizás lo que nunca nadie llegó a imaginarse es que los cimientos de la construcción más alta e imponente de la ciudad podían ceder. La céntrica iglesia de Sastre fue víctima de las napas crecientes. La torre nueva, que data de los años 50 y fue anexada más tarde a la nave principal construida a principios del siglo XX, fue demasiado pesada para las flojas tierras y tuvo un leve hundimiento. Y como consecuencia, las paredes hoy lucen grietas de arriba abajo. Las quebraduras preocupan y prenden una luz amarilla entre los fieles. Por eso, ahora habrá que esperar el descenso de las napas, la solidificación de los suelos y seguir seriamente la cronología de las fisuras para asegurarse que se estacionen y no sigan su camino destructivo.
A los talleres mecánicos también le pegó de lleno la inundación. La foto se transformó en una figurita repetida. En las habituales fosas donde se realizan diferentes arreglos vehiculares, el agua se resiste a abandonar el lugar. La crecida de las napas hizo que los niveles hayan superado el metro dentro de dichas estructuras, impidiendo durante días los trabajos dentro de ellas. Y a sesenta días del comienzo de las lluvias, mecánicos aún se desayunan cada mañana con agua en sus fosas.
Marcelo Lorenzatti, dueño de uno de los talleres que se encuentra en Sastre, relató la cruda realidad que atravesó aquellos días y los inconvenientes que debe sortear diariamente: “El agua estuvo a 20 centímetros de rebalsar. Los primeros días traté de vaciar la fosa, pero por recomendaciones no lo hice más porque podían socavarse las paredes. Recién la semana pasada pude ingresar a trabajar normalmente”.
A pesar de haberse regularizado levemente la situación, ya se ha hecho habitual el trabajo con botas de goma cada vez que se necesita acceder a las fosas. Sin embargo, antes de eso, es necesario poner en marcha bombas extractoras para hacer descender el agua. “Diariamente repetimos el proceso porque las vertientes están altas. Hoy filtra a 40 centímetros, eso marca la altura a la que se ubican las napas y hasta donde llegaría el agua si dejo de vaciar la fosa. Como ya han descendido un poco los niveles, no tenemos peligro de que cedan las paredes”, detalló Lorenzatti. Pero las altas vertientes no dan demasiada tregua y las fosas tardan pocas horas en volver a entrar en contacto con el agua que no tarda en crecer.
Las cooperativas agropecuarias – más allá de sentir de lleno el impacto por su vínculo directo con productores – también se topan con las complicaciones diarias aparejadas por las crecientes napas subterráneas. Tal es el caso del sub centro de Agricultores Federados Argentinos en Sastre. En los pozos de noria – sistema elevador encargado de transportar los granos hacia los silos – las vertientes han alcanzado un nivel nunca antes visto. El inconveniente suscita en que la soja salga directamente en mal estado y deba ser desechada. Por eso, han implementado bombas estiercoleras que funcionan las 24 horas para extraer el agua y transportar los granos en condiciones.
El fenómeno es nuevo en la región. Las personas mayores aseguran no haber vivido una situación similar a lo largo de su vida. No hay registro en las retinas de que la localidad de Sastre haya sufrido una inundación de tal magnitud en la cual hubo personas evacuadas, viviendas con agua dentro de ellas e incluso el corte con excavadoras de la ruta 13 – la cual pasa por el ingreso a la ciudad – para acelerar el escurrimiento de las aguas.
Pasado el verano, y acostumbrados a vaciar sus piletas a la espera de una nueva temporada, algunos propietarios despertaron con un fenómeno nunca experimentado. Con las piscinas sin agua, las presiones que ejercieron las capas freáticas hicieron colapsar muchas estructuras que terminaron por ceder. Claro está que la situación
generó indignación para aquellos que la única opción que tendrán de disfrutar el calor en sus casas será realizando un cambio de las mismas.
La situación de los antiguos sótanos, aquellos donde se solían guardar diferentes producciones caseras por su ambiente fresco durante los 365 días del año que permitía conservar todo en excelente estado, es similar a la de las fosas mecánicas. Pero muchos propietarios, que habían reconvertido aquellas viejas estructuras en bodegas o habitación donde guardaban mobiliarios – sobre todo “reliquias” con valores sentimentales – sintieron el sacudón con la invasión del agua.
“En mi casa el agua estuvo a menos de 50 centímetros de llegar a la tapa del sótano. Hoy el agua comenzó a bajar, pero todavía persiste. Hacía unos años lo había limpiado y lo utilizaba para guardar repisas, muebles y otros objetos. Recuerdo el día que abrí la puerta y me encontré con esa gran pileta subterránea que tenía debajo del comedor. Me preocupé porque no sabía si se podía llegar a derrumbar parte de mi casa. Algunas cosas flotaban, pero otras se encontraban completamente hundidas”, contó Santiago D´Antona, quien todavía conserva los objetos bajo agua.
Y así como la humedad floreció repentinamente sobre paredes, la aparición de pozos ciegos también causó sorpresa, incluso preocupación. La geografía de esos agujeros que se abren sobre el terreno en el planisferio del departamento San Martín se replica en diferentes horizontes. Fueron muchos los habitantes de diversas localidades que se encontraron repentinamente con esas viejas obras. Y mucho de ellos ni siquiera sabían de su existencia.
Pero el caso más llamativo y resonante sucedió en la localidad de El Trébol. Es que allí, empleados del Club Atlético Trebolense se desayunaron una mañana con un hueco sobre un sector lateral de la cancha principal de fútbol. Los altos niveles de las napas subterráneas se habían encargado, nuevamente, de hacer su trabajo.




