Un barco italiano cargado de ajos traía consigo el sueño de una familia que huía de una tierra devastada por la Segunda Guerra Mundial. Antonio Pasquali y su mujer Eufemia, junto a pequeño hijo Sergio, dejaban atrás un triste pasado, sus orígenes y se despedían de su familia. Su mochila se llenaba de esperanzas y sueños en busca de un futuro próspero. De este lado del océano comenzarían a germinar sus proyectos allá por 1949.
Sergio tenía poco más de 2 años cuando el conflicto bélico comenzó a forjar su destino. Y hoy, con 74 años, el “Gringo” reconstruye en su memoria los relatos de su padre. Nació en Annone Veneto (Venecia, Italia), se estableció en Los Cocos (Córdoba), y más tarde el amor lo trasladó a Sastre, de donde nunca más se movió. Hoy es uno de los dos italianos que levanta la bandera en la ciudad. “Tengo un vago recuerdo del barco que nos trajo al país”, cuenta con su tonada cordobesa que aún conserva.
Detrás de aquel inmigrante que arribó al país hace más de 70 años se erige una vida atravesada por la guerra, el hambre, el sufrimiento, aunque también por la esperanza, el progreso, el amor de una familia y la fortaleza humana. “Mi papá entró al servicio militar italiano. A falta de tres meses para terminarlo, estalló la guerra. Tenía 21 años”, inicia Sergio su relato.

La historia cuenta que Don Antonio estuvo prisionero y fue hostigado por las fuerzas enemigas recorriendo varios países de Europa. Logró escapar y en Albania pudo refugiarse con ayuda de los nativos. Allí, en medio de fuga, se topó con la muerte. “Lo pudieron repatriar. Una vez en Italia lo dejaron abandonado en Tarento, al sur. Él vivía en el norte del país, con lo cual tuvo que emprender camino hasta su casa como mochilero. Al llegar estaba muy desmejorado, tenía el pelo hasta la cintura, mucha barba, la ropa rota. Nadie lo conoció, salvo un amigo. En su casa estuvo más de una semana encerrado en la cocina sin hablar con nadie. La guerra deja secuelas”, narra el “Gringo” sobre las historias que recordaba su padre.
A su regreso encontró parte de su familia, pues su hermano mayor había fallecido. Poco tiempo pasó para que Antonio y Eufemia contraigan matrimonio. “Para ese entonces, mis abuelos maternos eran de los inmigrantes que venían a Argentina a trabajar en la cosecha y regresaban. Al estallar la guerra no pudieron volver. A raíz de eso, comenzaron los contactos y le recomendaron a mis padres que vengan a América. Había muchas posibilidades de trabajo y progreso, algo que en Italia era impensado por la postguerra”, relata el “Gringo”.
Fue en 1949 cuando la familia emprendió viaje en un barco cargado de ajos cruzando el océano para desembarcar directamente en Los Cocos, provincia de Córdoba. “Mi abuelo estaba asentado en Cruz Grande – pueblos que distan a 3 kilómetros el uno con el otro – y era quintero. Consiguió otro empleo y dejó a mi padre en su lugar. Permanecimos varios años allí trabajando para unos rosarinos”, recuerda.
Antonio trabajó desde 1960 y por 20 años en St. Paul´s, un colegio inglés de Cruz Grande. Se encargaba de la mantención de jardines, campos de fútbol, cricket y rugby. También construyó el polígono de tiro y la pileta de natación. “Al jubilarse, el dueño del establecimiento le regaló un viaje a Italia para que volviera a ver a su madre después de 35 años”, rememora Sergio con la voz algo quebrada.

Junto a su mujer emprendieron viaje en 1982. Pero la guerra, nuevamente, se cruzaría en su camino. “Tenían pasaje para el 2 de abril, momento en que estalla el conflicto de Malvinas. Mi hermano estaba haciendo el Servicio Militar. Decidieron no viajar porque no sabían qué podía suceder. Finalmente pudieron partir en julio a reencontraron con su familia que habían dejado en 1949”.
Majorie Vandersluys, una maestra y amiga del colegio St. Paul´s con quien Antonio compartió veinte años laborales, se interesó en su vida y decidió inmortalizar las memorias de aquel italiano que huyó de la post guerra. En un escrito – original que hoy conserva Sergio – describe parte de su conmovedora historia, lo recuerda con “admiración” y le atribuye “la grandeza” del establecimiento a su desempeño.
Antonio Pasquali falleció en 1991 y su mujer, Eufemia, hace poco tiempo atrás. Sergio tiene 14 primos en Italia. Este 2020, por medio de la hermandad que posee Sastre con Monticello d´Alba, se había programado un viaje hacia el viejo continente – visitas de contingentes que forman parte de un ritual que se mantiene desde hace años entre las dos ciudades – y del cual el “Gringo” iba a ser parte. Las razones sanitarias actuales dejaron en suspenso el intercambio. El reencuentro con sus orígenes, con las tierras de las cuales no tiene recuerdo y con parte de su familia, deberá esperar, pero será una realidad.
En honor a Belgrano
A principios de este mes se cumplieron 250 años del nacimiento de Manuel Belgrano. Y precisamente a él se le atribuye el Día del Inmigrante Italiano. La fecha fue establecida por Ley N° 24.561, sancionada el 20 de septiembre de 1995, mediante la cual se rinde homenaje al prócer nacional creador de la bandera que nos representa en el mundo, descendiente de italianos y nacido un 3 de junio de 1770.




